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martes, mayo 26, 2009

Patxi y el gasto en tecnología de la información


Hace unos años estaba en Toronto escuchando la conferencia de un profesor de una escuela de negocios americana. El profesor había hecho estudios empíricos sobre la aparente ausencia de efectos sobre la productividad de algunas inversiones en alta tecnología. Cuando puso el ejemplo clave yo no pude menos que dar una carcajada. Era un caso que en España conocemos muy bien.


Un leñador vasco acude a una ferretería y pide una motosierra para cortar 10.000 árboles. El vendedor se la proporciona, el leñador la paga y se va al monte a cortar árboles. Poco después regresa con la motosierra completamente destrozada y dice. ¿No decía que esta motosierra servía para cortar 10.000 árboles? Pues no he cortado ni 100 y mira como está. El vendedor perplejo no puede entender el problema, coge la motosierra en la mano, la examina con cuidado y tira de la cuerda de arranque. El motor arranca perfectamente dando un buen rugido y el leñador dice: pero ¿Qué es ese ruido?


En el ejemplo de la escuela de negocios una planta automovilística había gastado tropocientos millones de dólares en instalar una cadena de montaje flexible (motosierra). Es decir, una cadena que en vez de mantener fijos los procedimientos estos pudiesen variarse para producir coches distintos en el mismo día, variar la manera de trabajar (orden, disposición de elementos, etc). La cadena flexible tuvo un impacto nulo sobre la producción. Resulta que como era flexible permitía cualquier tipo de organización del trabajo alrededor de ella. Por tanto, los gerentes y trabajadores eligieron aquella organización que les resultaba cómoda. Es decir, la que tenían cuando la cadena de montaje era fija, no flexible (hacha). Resultado: tropocientos millones gastados para producir lo mismo que antes.


La anécdota es muy educativa para aquellos que estén pensando en mejorar la productividad con determinadas tecnologías y olvidan el papel de la formación de los trabajadores.

viernes, septiembre 19, 2008

Principios básicos de economía y crisis financiera

No he escrito nada en el blog en unos días. Siempre tengo algún tema en mente pero mi subconsciente me impedía escribir sobre ellos con la que está cayendo. La crítica obvia es que debería haber escrito sobre la que está cayendo y el contraataque sería que no se debe escribir sobre lo que no se entiende.
¿Qué ha cambiado para que pueda escribir algo sobre la que está cayendo? Lo primero que ha ocurrido es que algunas personas han hecho un magnífico trabajo de desbroce y ya se empieza a ver un poco de luz. Empezando por cerca de casa, Javi y otros amigos me han ayudado a entender algunas cosas. Más lejos de casa, recomiendo el blog de Steven Levitt en el NYT (Freakonomics).
Lo segundo es que a pesar de que algunos digan de nos enfrentamos a un nuevo paradigma a mi me parece que nos enfrentamos a una nueva versión de viejos pares de problemas y oportunidades. Por tanto, me apresto a entrar un poco en el problema usando los principios más básicos de economía y el modelo más simple (dos trogloditas).
Pedir la reducción o la eliminación de determinadas operaciones financieras es equivalente a pedir la restricción o la prohibición de la aviación comercial tras cada accidente aéreo. Eso estaría bien si la aviación comercial se hubiese desarrollado con el propósito explícito de matar gente pero se ha desarrollado para que la gente busque las mejores oportunidades de consumo, producción y relación a una distancia más grande. El sistema financiero es parecido a la aviación. Nos permite hacer las cosas más inverosímiles aunque siempre nos caben dudas de la seguridad del medio que se usa.

El problema básico ahora y siempre,,en el sector financiero y en el del porcino, es la escasez. El intercambio voluntario (mercado) es un sistema de gestión de la escasez como puede serlo una distribución de los recursos escasos dictados por una persona o un grupo (planificación central). El intercambio no es el problema básico (escasez) sino una solución imperfecta en constante evolución como lo sería cualquier otro sistema de gestión de la escasez que se hubiese implantado.

Caso 1.
El troglodita A tiene peras y el B tiene manzanas. Están hartos de comer siempre lo mismo y deciden intercambiárselas una por una. De esta manera, ambos comen peras y manzanas. No es difícil ver que el intercambio lleva mucho tiempo con nosotros para nuestro beneficio y es previo a la existencia de dinero.

Caso 2
El troglodita A tiene tantas manzanas en la primera mitad del año que le duele la barriga todas las noches. En la segunda mitad del año le duele la barriga pero de hambre. Por alguna razón el troglodita B le pasa lo contrario. Por tanto, el troglodita A le da la mitad de su cosecha al B y el B se la devuelve en la segunda mitad del año. Acabamos de inventar el préstamo sin haber inventado el dinero.
Un detalle interesante que aprendí estudiando equilibrio general es qué ocurre si el troglodita A se da cuenta de que las manzanas se conservan en el fondo de la cueva. De algún modo, el fondo de la cueva y el préstamo son sustitutivos. Es decir, que el préstamo puede verse como un cambio técnico equivalente a usar el fondo de la cueva como nevera. Por tanto, podemos esperar dos cosas
a) si los inventos y descubrimientos mejoran nuestra vida el objeto equivalente (el préstamo) también lo hace.
b) que las neveras se hagan cada vez más sofisticadas, que los préstamos también y que siempre haya algún tipo de sustitución entre ellos.
c) poner restricciones a la evolución de los préstamos tiene el mismo tipo de consecuencias que poner freno a la evolución de las neveras.

Los problemas de este intercambio en dos momentos del tiempo surgen de inmediato:
¿Qué pasa si el troglodita B no obtiene una cosecha?
Los intercambios en el tiempo están sometidos a incertidumbre. Ante los fallos del sistema de intercambio podemos volver al dolor de barriga (por hartura y por hambruna) o buscar mejoras en el sistema de intercambio. Una solución obvia es hacer el intercambio con diez trogloditas geográficamente dispersos. Todos los años fallará alguno pero no todos. Por tanto, puedes tener una idea bastante ajustada de cuánto puedes esperar de esos intercambios.
Los problemas se vuelven pronto muy sofisticados aún sin dinero. Dos ideas:
1. ¿Qué pasa si el troglodita B no se molesta en recoger la cosecha? Es decir, como ya ha obtenido su parte del intercambio ahora no tiene tanto interés en esforzarse.
2. ¿Qué pasa si los malos recolectores están siempre dispuestos a aceptar préstamos?

Es decir, los problemas de riesgo moral y selección adversa surgen pronto. En diez días empezará una nueva edición de TEDI donde estudiaremos con gran detalle estos problemas.

El dinero.
Es un instrumento para agilizar las operaciones descritas previamente. Reduce los costes de transacción. Cuando quiero comprar pan no tengo que buscar un panadero interesado en una clase de modelos económicos con riesgo (me dan mareos de hambre sólo de pensarlo). En consecuencia, los intercambios son más frecuentes y beneficiosos pero también más complejos.
Yo no me imagino un sistema de intercambio sin una regulación que
a) los permita y favorezca
b) No cercene las innovaciones
Esta regulación no es ni mucho menos obvia, está en continua evolución y se cometen tantos fallos en ella como en el diseño de cualquier producto sofisticado.

En resumen, los intercambios son una gran cosa, los intercambios en el tiempo (finanzas) son una cosa todavía más interesante y nunca hemos dejado de solucionar los problemas que plantean. Hemos sido capaces de crear las instituciones y las regulaciones que hacen que funcionen con cierta solvencia.
De vez en cuando habrá un accidente grande o pequeño. Lo grande o pequeño dependerá del tiempo que dejemos transcurrir sin pensar en las innovaciones que surgen. Por otra parte, los problemas no serán fáciles de adivinar antes de que ocurran y tenemos que lidiar con ellos cuando están aquí y toman un cariz ciertamente dramático.

jueves, julio 31, 2008

Artículo interesantísimo en The Economist



Economics focus




Cheap and cheerful


Jul 24th 2008 From The Economist print edition




The long-term rise in American inequality may have been smaller than it appeared


POPULISTS and professors rarely see eye to eye. But on at least one fact of economic life, they agree: wage inequality has increased in America since the mid-1980s. Many studies outline the same broad shifts. Workers at the bottom of the wage scale have seen their incomes fall relative to those at the top. Within the top decile, the super-rich have left the merely well-off far behind.
Indeed increases in national income this decade have been so skewed towards the rich that, allowing for headline inflation, the spending power of a large chunk of the population has apparently stagnated or even declined. Yet this finding is at odds with the impression of spreading prosperity. Increasing numbers of Americans watch DVDs, rely on dishwashers, enjoy air-conditioning and display other signs of increased material wealth. Are the poor really falling so far behind?
A challenge to the conventional wisdom is set out in a recent research paper* by Christian Broda and John Romalis, both of the University of Chicago’s business school. They argue that standard measures of inequality do not reflect differences in the way that the rich and poor spend their money. A person’s demand for a particular good or service does not rise in exact proportion to his income. As he grows richer, the pattern of his spending changes, as well as the amount. In particular, high-wage households spend a greater share of their income on services and a smaller share on “non-durable” items, such as food, clothing, footwear and toiletries.
For most of the past three decades, the price of non-durable goods has been falling relative to the price of the services—investment advice, personal care, domestic help and so on—that the rich spend more of their money on. If these differences between the inflation rates faced by the rich and the poor are taken into account, the rise in inequality is reduced and may even vanish.
To back these claims up, the authors constructed price indices for 12 income groups, using official figures and detailed private information on the spending habits of different households. This data set, created by shoppers themselves using in-store scanners, records the type of goods bought by various income groups between 1994 and 2005, as well as the prices paid for them.
The Chicago economists found that the share of non-durable spending for the very poorest households was 12 percentage points higher than for the richest households. Because the price of services rose by more than the price of goods during this period, the inflation rate for the rich was far higher than that for the poor. Rich households also buy dearer versions of the same goods than poor consumers. For each product category—a 16-ounce carton of milk, say—well-off households paid an average of 25% more than poor households. This is not because the rich are gullible shoppers but rather, say the authors, because they tend to buy goods of better quality (such as organic milk), the prices of which are higher and tend to rise more quickly.
These differences matter when considering inequality. One standard measure compares the income of a household just below the top 10% of earners with one just above the bottom 10%. The richer household earned 10.6 times more than the poorer one in 1994; that multiple rose to 11.2 in 2005 (see left-hand chart). But according to the authors, this ratio exaggerates how far the poor have been left behind because it does not account for different inflation rates. A fuller picture would consider shifts in relative prices as well as in relative incomes.

Mr Broda and Mr Romalis reckon that around two-thirds of the increase in the standard inequality gauge since 1994 is offset by the poor’s lower inflation rate. They find a similar result when they extend their analysis on spending patterns to price and income figures dating back to 1984. That is not all. Their data on shopping habits show that the range of goods consumed by poor households increased by far more than for rich households. The benefit of this extra variety is not captured in income or inflation, but it can be quantified. If that gain is expressed as an addition to real income, the remaining increase in inequality vanishes.
The authors matched their figures on non-durable spending with equally detailed import data, and discovered that increased trade with China (see right-hand chart) helped lower prices and widen variety. “The poor tend to shop in the aisles of the supermarket where the presence of Chinese goods has increased most,” says Mr Broda. These are also the aisles where prices have fallen fastest. The authors reckon that low-cost imports from China alone offset more than a quarter of the measured rise in income inequality since 1994.
Let them drink organic milk
One obvious rejoinder to these findings is, as Mr Broda concedes, that the recent surge in oil and food prices has hit the poor hardest. Yet to acknowledge this is also to recognise that price changes affect income groups in different ways, depending on how they dole out their money. The run-up in commodity prices has reversed only a small part of the trend of the previous two decades, when the prices of services rose relative to those of non-durable goods. Another possible objection is that if the price of goods that the poor do not habitually consume, but may aspire to, goes up, many will still think them worse off, because those goods are farther out of reach. Nevertheless, if what they typically buy becomes cheaper, they are surely still better off.
The analysis could also be challenged on its own turf. The research focuses on falling goods prices. But the rising price of some services—health care, for example—may partly reflect quality improvements which, if correctly adjusted for, would bring down the inflation rate of the rich. At the very least, however, the research makes a provocative case that income inequality needs to be thought through carefully; and that the increase in Chinese imports offers some clear benefits to low-wage Americans