domingo, diciembre 14, 2008

Un buen artículo.

José García Montalvo usa en este artículo un argumento parecido al de Javi (Paulos) para explicar los fallos estrepitosos de los visionarios tras muchos aciertos. En Econometría (análisis empírico de la Economía) se le conoce como el problema del sesgo de selección.




Empresarios y relojes

En el verano de 2007 se celebró la XXIII Reunión del Círculo de Economía. En una de las mesas participaba Luis del Rivero. En su intervención hizo una síntesis de su visión empresarial que es difícil de olvidar: cuando el dinerito daba una buena rentabilidad a principios de los 90 lo teníamos todo en depósitos. Ahora que no da nada tenemos deuda. Y cuanta más, mejor. Nada sobre los proyectos empresariales que se financiaban con esa deuda, sobre sus perspectivas en el mercado. Si un marciano hubiera oído sus comentarios habría pensado que se trataba del gestor de un hedge fund y no de una empresa constructora. Seguro que más de uno pensó aquel día que los métodos sofisticados de gestión que explicamos a los estudiantes no son necesarios: lo importante es la visión.

Pero, ¿qué caracteriza a estos empresarios visionarios? Normalmente, un exceso de confianza. ¿Es esto suficiente? En muchos casos la respuesta es afirmativa. Imaginemos que tenemos un millón de empresarios visionarios que toman decisiones de fusiones o adquisiciones de manera totalmente aleatoria (a cara o cruz).Si aciertan, su empresa se dobla de tamaño (pueden conseguir todo el crédito que deseen). Si fracasan, desaparecen. Supongamos que empiezan con un capital de un millón de euros. Después de la primera decisión quedan medio millón de empresarios; después de dos decisiones quedan un cuarto de millón. Después de quince decisiones quedan 30 empresarios y cada uno de ellos tiene una empresa de 32.768 millones de euros. Estos triunfadores no han necesitado saber nada sobre gestión empresarial: han llegado a tener una empresa gigantesca simplemente por suerte. Pero un observador externo que quiera racionalizar esa suerte siempre encontrará algún elemento que, supuestamente, puede explicar el éxito de dicho empresario. Muchas veces, la explicación es simplemente eso: una visión. ¿Cuántos casos se han escrito en Escuelas de Negocios loando la visión de gestores de empresas que poco después han colapsado? ¿Cuántos empresarios visionarios han recogido doctorados honoris causa semanas antes de saberse que su empresa tenía gravísimas deficiencias de gestión? El problema del observador externo que intenta racionalizar el éxito de un visionario es que no tiene en cuenta que, en el proceso, casi un millón de visionarios se han quedado en el camino.

Obviamente hay muchos empresarios que no son visionarios en el sentido anterior. Empresarios que tienen una buena idea para un nuevo producto; que gestionan su empresa con prudencia; que calculan y controlan los riesgos de cualquier operación corporativa; que no creen en varitas mágicas. Pero en muchas ocasiones el empresario modelo, el que ocupará la primera página de las revistas, será el visionario, pues hacer apuestas arriesgadas, si acompaña la suerte (por ejemplo un ciclo alcista), tiene una excelente recompensa. Además, el tamaño, en estos casos, sí que importa.Recordemos el dicho: si tienes una deuda de 100.000 euros y no puedes pagar, tienes un problema; si la deuda es de 20.000 millones de euros y no puedes pagar, el problema es del banco.

¿Cómo se distingue al empresario visionario del empresario profesional? Identificar estos dos tipos de empresarios en una fase de expansión es muy difícil. Además, muchos empresarios profesionales sienten una inexplicable admiración por los visionarios que han conseguido un éxito rápido. Recordemos algunos de los asistentes a las famosas paellas del señor Bañuelos en Nueva York, pasajeros de su jet privado cuando era el empresario de moda en España. Las fases recesivas son las que ponen a cada uno en su sitio. Los proyectos empresariales profesionales superan la prueba del algodón mientras que los visionarios se quedan por el camino.

Recientemente se ha puesto muy de moda hablar de Keynes y las políticas de gasto público. Pero en estos momentos lo que necesitamos es reivindicar a Schumpeter y su «destrucción creativa». Este proceso ha sido siempre esencial para la evolución del capitalismo.Un exceso de políticas keynesianas puede retrasar o interrumpir la destrucción creativa necesaria para la superación de las crisis cíclicas del sistema. Ayudar a los productores ineficientes de automóviles no es la solución. Hay que permitir que los proyectos empresariales viables y eficientes triunfen y los meramente especulativos o ineficientes se transformen o desaparezcan. De esta forma se genera la savia nueva para la próxima expansión.

Por tanto, ojo con los empresarios visionarios porque incluso un reloj parado da la hora correctamente dos veces al día.

José García Montalvo es catedrático de Economía de la Universitat Pompeu Fabra.

2 comentarios:

Abel dijo...

Hace unos meses, el propio Montalvo me recomendó fervientemente la lectura de El Cisne Negro, de Nassim Nicholas Taleb, un libro un tanto extraño de divulgación científico/filosófica.

El libro hace una defensa de la siguiente tesis: Por un lado, la historia es absolutamente impredecible pero nos autoengañamos encontrando explicaciones a posteriori (producidas por infinidad de sesgos, desde puramente estadísticos hasta cognitivos). Por otro lado, la aleatoriedad gobierna nuestras vidas, pero no del modo en que nos acostumbran a decir las ciencias sociales: la aplicación habitual de la aleatoriedad normal (gaussiana) es un fraude, ya que los aspectos más importantes de nuestras vidas, y aquellos eventos que más importancia tienen para nuestro devenir (tanto como individuos como para la sociedad en su conjunto) se escapan por completo de los modelos gaussianos y se rigen según la aleatoriedad fractal (mandelbrotiana). Así, lo que gobierna el devenir de la humanidad son los Cisnes Negros, aquellos sucesos altamente improbables y absolutamente impredecibles pero con un impacto tremendo sobre nuestras vidas.

Psicología cognitiva, estadística, filosofía... un cóctel en el que el autor (un tipo curioso, Libanés de nacimiento, millonario tras el crash del 87 aunque él mismo dice que era absolutamente imprevisible, lector empedernido de filosofía y literatura) se mueve con soltura y poca humildad. Bebe sobre todo de Popper, Aristóteles, Poincaré, Bastiat... y carga contra Platón, Merton y Scholes y un largo etcétera. Curiosamente, el libro está publicado en 2006 pero tiene algunos detalles bastante proféticos. Por ejemplo, una nota al pie de página dice algo así como (cito de memoria): "Por ejemplo, la institución pública Fannie Mae se me antoja sentada encima de un barril de dinamita, extremadamente vulnerable a cualquier contratiempo. Pero no se preocupen, pues tienen una legión de estadísticos y matemáticos para decirnos que ese suceso es altamente improbable." Es curiosa y también acertada su definición del oficio de banquero: la de "recoger monedas de 5 centavos delante de una apisonadora". Tristemente, todas estas advertencias resultaron completamente ciertas, pero Taleb, a pesar de la poca humildad que despliega en el libro, tiene la honradez intelectual de no presentarse ahora como profeta de la crisis. Sólo recuerda que sigue defendiendo lo mismo que le hizo rico en el 87: la aleatoriedad escalable (mandelbrotiana) puede tener un impacto ilimitado sobre nuestras vidas, así que aprovechémosla; protejámonos de los impactos negativos en la medida que podamos y expongámonos totalmente a sus posibles (por improbables que sean) impactos positivos.

Una lectura absolutamente recomendable y provocadora.

Roque dijo...

La descripción del sesgo de selección tine aplicaciones prácticas de "analistas bursátiles" de chiringuitos financieros que se asemejan filosóficamente a esto.
Viene explicado en el libro de Conthe "La paradoja del Bronce".
Es el truco de los analistas bursátiles infalibles. Mandan (por ejemplo) un medio millón de correos diciendo que mañana Telefónica sube y otro medio que baja aleatoriamente.
Al día siguiente, según lo que pase, mandan 250.000 que sube y 250.000 que baja a aquellos que les enviaron un pronóstico acertado.
Imaginaros el efecto después de 10 rondas. Tienen 976 personas que les comen en la mano, porque piensan que la probabilidad de acertar aleatoriamiente tantas veces es de 0,5^10= 0,10%.
Sobre la discusión de Schumpeter está bien que se recuerde pero también a Keynes.
Tenemos aquí dos efectos sobre las empresas (quizás tres).
- Implosión de los mercados de crédito
- Empeoramiento de las perspectivas económicas
- Empresa no competitiva a largo plazo (por mala gestión, porque el sector se va a reducir, por la competencia internacional...).
Las autoridades públicas ponen medidas para mejorar la liquidez de empresas (el primer problema). El problema es distinguir que parte de la contracción del crédito es por un fallo de mercado y que parte es por los otros dos motivos.
Alimentar excesivamente la liquidez a las empresas puede generarlas también problemas, porque no podrán dar salida a sus productos (crisis económica) o porque lo mejor sería entrar en proceso ordenado hacia la liquidación (empresa no competitiva).
Para solucionar el segundo problema, sí que había que acudir a Keynes (intentando hacer cosas útiles y no pirámides.
El responsable de la política económica se encuentra (como pasa muchas veces) con un sistema con más incógnitas que ecuaciones y tiene que usar el método "wind" (mojas el dedo y lo elevas para ver por donde sopla el viento).